jueves, 3 de enero de 2013

POLVILLO DE ESTRELLAS




            Parapetado detrás de su ilustre estirpe, habitaba en una jaula de oro, cegado por la riqueza y descansando en mullidas nubes de glorias pasadas. La ranciedad de su plúmbeo apellido era tal, que pasmaba a los estudiosos de heráldica más aplicados y podía, inclusive, lograr hacer oscilar los blasones de los escudos de las familias más linajudas.
            Había sido bautizado con seis nombres porque siete eran sólo privativos de un rey, nobilísimo título que un pretérito ancestro estuvo a un tris de merecer. Nada había sido librado al azar en la elección de sus patronímicos. Estos llevaban la L de los Luises franceses, la cesárea C de los emperadores romanos, la magna A del macedonio Alejandro, la napoleónica B de los Buonaparte, y la mecénica M de los Médicis. Y así, los linajes de las casas más encumbradas de Europa se ensamblaban como dorados eslabones, enalteciendo sus egregios apelativos. Sin embargo, lo apodaron “YIYO”.
            El óvulo que engendró al tataradeudo del tatarabuelo paterno tuvo la malaventura de ser fecundado en el vientre de la madre en décimo lugar; y de ser expulsado, ya con carácter de niño sano y robusto, en el mismo orden. Entre él y su hermano mayor –el verdadero rey- había otros ocho hermanos sedientos de poder pero, lejos de decepcionarse, una brillante luz de esperanza iluminaba sus anhelos de ascensión al trono. Si bien las posibilidades concretas eran pocas, sobraban campañas, luchas intestinas, enfermedades y complots que pudieran tronchar las existencias de los otros nueve, con la posibilidad latente de dejarle la real alfombra libre de escollos. Aunque su esperanza fue intensamente verde durante años y años, ninguno de sus hermanos abandonó este mundo antes de llegar a la vejez, incluso, cuatro ó cinco mayores lo sobrevivieron, por lo tanto, tuvo que conformarse con el título de Virrey en las lejanas márgenes del Plata.
            El casamiento de este personaje, y el de todos sus descendientes, se legalizó entre primos en línea sanguínea directa, para evitar que algún símbolo de su escudo de armas fuera bastardeado por alguna intrépida plebeya, usurpadora de abolengos. De esa forma, sus conciencias y sus almas vivían en la beatitud, nimbados por la pureza de la alcurnia que sólo da la cepa más genuina. Yiyo, consciente de los desvelos familiares de sus antepasados, buscó en vano, dentro de su eminente clan, una afamada compañera pero, muy a su pesar, no pudo hallarla. Su familia era prolífera en varones y no había en todo Buenos Aires una dama de tan holgada prosapia que conviniera a sus apetencias matrimoniales. Todas, hasta la de más cremosa hidalguía, tenían salpicado su pasado con alguna mancha que ensombrecía a su señoría. Él no podía tolerar esa vejación a su venerable linaje, por nimia que fuera. Ni la mácula más liliputiense, reducida a la pequeñez de una peca o un punto, ni  el tizne más esfumado, osarían mancillar tan egregio patriciado. Y así, primos naciendo y años transcurriendo, Yiyo, ya largamente cuarentón, seguía aún célibe.

            Fuera de la consabida jaula dorada, el ámbito de este egregio solterón era muy limitado, reduciéndose al barrio de Palermo Chico, aunque alternaba también ciertas zonas del norte de Buenos Aires pero ¡jamás el sur! Nunca hubiera osado cruzar o aproximarse al Riachuelo. La sola mención de ese curso de agua infame le erizaba la piel y, una simple alusión a los barrios adyacentes, podía producirle sarpullido, una cierta alergia a esa vulgar y cruel enfermedad llamada “pobreza”.
            Sus gloriosos pies, embutidos en los calzados más delicados, se deslizaban sobre crujientes pisos de roble de Eslavonia, brillantes mármoles de Carrara o tibias alfombras persas. Yiyo se movilizaba en lujosos vehículos y, en sus estancias, caballos de frondoso pedigrí lo recogían en la puerta de sus aposentos. ¡La tierra y el polvo le producían tal asco!
            Las cortinas de su mansión, que lo protegían de la irreverente luz solar, eran auténticos brocados franceses, mientras que los manteles y toallas, bordados con sus iniciales, provenían de Flandes y estaban atestados de puntillas, festones y vainillas.
            La vajilla que usaba era antigua y auténtica, tenue y delicada porcelana “cascara de  huevo” de la dinastía Ming. Los cubiertos eran de plata añeja, extraída de las famosas minas del Potosí pero manufacturada y sellada en España, en épocas de la conquista.
            La cristalería estaba conformada por piezas únicas y exclusivas, sopladas en la isla de Murano, en centurias pasadas, cuando Venecia era aún la “República Serenísima”. Este famoso juego había sido originalmente encargado por un dux, a pedido de su caprichosa esposa, quien exigía que el color del cristal imitara al de las aguas del Canal Grande en un día nublado. Con una ínfima discrepancia en el tono, el verde obtenido por los artesanos no coincidía con el que la distinguida señora dogaresa tenía en mente, por lo tanto, lo rechazó de cuajo. Tal vez, no habría aclarado si el día debía ser mediana, total o parcialmente nublado o, quizás, tormentoso. Al fin, el exquisito juego fue adquirido por un pretérito pariente de Yiyo quien quedó conmocionado por el extraño color, desconociendo la verdadera historia, porque de otra forma no lo habría comprado. ¡Ellos no se conformaban con las sobras de nadie por más dogo, príncipe o rey que fuera!
            En la sala de lectura, una enorme biblioteca acumulaba libros varias veces centenarios. Los había con lomos de plata, tapas de nácar, con incrustaciones de marfil y hojas bordeadas en oro. Relatos de reyes, príncipes y conquistadores eran sus preferidos, así como los escritores de buena cuna. Pero, hubo un autor irritante al que nunca había osado leer; un detestable francés, el máximo representante del romanticismo galo, que se apellidaba con un nombre. Es más, a raíz de aquella insolente y miserable novela que lo catapultó a la fama, toda su producción literaria fue purificada por la acción del fuego.
            Como buen descendiente de castellanos, Yiyo hacía un culto de la gastronomía. Adoraba los camarones, la centolla y la langosta, a los que sazonaba con salsas francesas y coronaba con un copete de caviar. Gustaba de los palmitos y los aguacates, los huevecillos de codorniz, el faisán y, como buen argentino que era, del asado de tira. Lo que detestaba eran las achuras porque provenían de partes indecentes o soeces del animal. Jamás tuvo el placer de comer una molleja o un chinchulín, un chorizo o una criadilla. Para él, las únicas partes comestibles de la vaca eran el lomo, el peceto y el costillar y, con respecto al cerdo, sólo el muslo de donde se obtenían los jamones, siempre que éstos hubiesen sido procesados en España. Adoraba también las ancas de rana al ajillo y descartaba las ensaladas de lechuga, achicoria y berzas, por vulgares. Otros alimentos vedados en la casa eran el arroz, las pastas y la polenta, a los que consideraba sólo privativos de la plebe. Yiyo descartaba también las uvas y las granadas. Higos, melocotones y fresas eran ingeridos con dificultad luego de haber sido sometidos al ataque el cuchillo y del tenedor. ¡Le irritaba tanto ensuciarse los dedos a pesar del coqueto lavafrutas, de cristalino contenido, siempre ubicado a su diestra!
            Yiyo era también muy afecto a los dulces. Comía tortas o galletitas alemanas cubiertas con chocolate suizo y rellenas de dulce de leche, lo único que no debía molestarse en importar. Excepcionalmente, degustaba flores de rododendro en almíbar, sutil delicadeza preparada en el techo del mundo: el Tíbet.
            Los exquisitos manjares eran regados con abundante champaña francesa y sólo el asado se acompañaba con un tintillo Cabernet Sauvignon.
            El café le producía cierta irritación estomacal, entonces, bebía gran variedad de exóticas tisanas. En relación con el té, hacía también de su consumición un culto. Las variedades que prefería dependían de su procedencia. Si su origen era chino, elegía sólo el cosechado en las provincias de Sichuan y Guandong.  Si provenía de Ceilán, debía ser el cultivado en las colinas centrales, en las regiones de Dimbula o Nuwara; en cambio, si provenía de la India, debía haber sido sembrado en la región de Darjeeling, al pie de los Himalayas. Eso en cuanto al origen de la hoja, pero no era suficiente, ¡debía estar procesado en Gran Bretaña! Ése era el té supremo que, por supuesto, tenía otro sabor si se lo preparaba y bebía en un recipiente que no fuera porcelana de primera calidad.
            Había cierta bebida local que lo atosigaba, lo irritaba al extremo: el mate. ¡Él jamás hubiera osado apoyar sus labios en esa mugrosa bombilla que previamente había estado en contacto con otras cientos de bocas! ¡Ajjj! Cuando lo pensaba, sentía escalofríos. Esa inmunda bebida, contaminada de microorganismos, podía ser sólo cosa del proletariado.
            Yiyo también cuidaba mucho su vestimenta personal. Las telas de sus elegantes trajes eran genuinos casimires ingleses cuyas fibras provenían de la lana de las cabras de la cañada de Cachemira, al noroeste de la India, pero confeccionados por los más afamados sastres italianos. Sus camisas y corbatas de seda se obtenían de los filamentos segregados por gusanos criados en China, pero el hilado ensamblado en Francia e Italia.
            Adornaba el meñique de su mano izquierda con un pesado anillo de oro que llevaba incrustada la gema más cara y fastuosa conocida: una alejandra. Por sus propiedades ópticas y su exigua presencia en el planeta, ante ella empalidecía de humildad cuanta piedra se preciara de valiosa. La majestuosidad de esa alexandra, escogida de los feraces yacimientos de Minas Gerais, era incomparable.

            Y ese egregio personaje que había mantenido pulcros sus blasones y patronímicos durante casi medio siglo cierto día enfermó porque, como todo mortal, era también concupiscente. El mal, si bien no era letal, era despiadadamente molesto.  El picor lo transportaba a universos de desesperación. Hubiera deseado tener mil manos para poder rascarse mejor – con perdón de la palabra -. Entonces, se encerraba en su recámara a satisfacer sus desenfrenadas ansias de sosiego.
            El estudio médico fue lacónico y concluyente: ”PHTIRUS PUBIS”.
            La alcurnia, el prestigio y el dinero no pudieron paliar su ignorancia. Asombrado, preguntó al facultativo de qué se trataba, concretamente.
-Son ectoparásitos- respondió el médico, procurando agregar términos científicos a la explicación, a fin de no hostilizar el amor propio de tan ilustre paciente. –Son insectos anopluros de la familia de los pedicúlidos.
            Esta respuesta no satisfizo al enfermo, quien con ansiedad preguntó:
            -Pero ¿es grave? ¿Tiene cura?
            -¡Sí! ¡No es nada serio! ¡Por supuesto que tiene cura! Yiyo, tal vez deba hablarte con sencillez, como lo haría con cualquiera de mis pacientes.
            -Sí. ¡Adelante! ¡Adelante!
            -¡Son simplemente ladillas! Unos parientes lejanos de los piojos.
            Abochornado, Yiyo empalideció. Creyó morir de vergüenza y humillación. Pioj... ladi... ¿Él? ¿Una denigrante enfermedad infecciosa del lumpenproletariado lo había alcanzado a él, que estaba tan alto, allá, sentado sobre las estrellas y titilando también con ellas? ¡Imposible! ¡Definitivamente imposible!
            -Definitivamente cierto- respondió el médico. –Si quieres, puedo mostrarte un ejemplar. Lo podrás ver a la perfección con una lupa.
            ¡AJJJJJJJJ! Yiyo se mimetizó de un gris ceniciento, cadavérico, y su cuerpo comenzó a cimbrear acompañando las contracciones de las arcadas. Luego, cuando a base de calmantes logró tranquilizarse, al recapacitar sobre el tema, descubrió que ¡ni los semidioses escapaban al influjo de la miseria y sus vectores! Lo comprendió de inmediato. La miseria podría compararse con el polvo; invisible mientras flota en el aire, pero penetra en cada intersticio por más minúsculo que sea y se hace sólo perceptible al acumularse sobre la materia...
            Atreviéndose hasta límites insospechados, el médico le sugirió como terapia leer completas las biografías de Napoleón y Felipe II de España, cuyos decadentes capítulos finales Yiyo había dejado inconclusos.           
 
                                                            CUENTOS PREMIADOS
                                                             EDITORIAL CIEN- 2003


"María Antonieta"   ELISABETH VIGÉE LEBRUN 

Bodegón con cuenco chino, copa Nautilus y otros objetos - WILLEM KALF

"The swing"   - FRAGONART

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