miércoles, 2 de enero de 2013

DÉDALOS


           



            El año pasado, en el mes de marzo fui en peregrinación a Tierra Santa. Cuando regresaba, aprovechando que coincidía con la fiesta de Beltain, pasé de ex profeso por el norte de Europa para visitar un laberinto clásico de setos vivos, de siete circuitos,  que me había fascinado muchísimos años antes. Me cuidaré muy bien de no revelar su nombre ni su ubicación. Temo encender la curiosidad de algún incauto que descreyendo de los consejos, cometa la imprudencia de sentirse envalentonado como un héroe ateniense y, emulando a Teseo, intente sojuzgar a su Minotauro, cayendo inexorablemente en sus  fauces. En este caso,  no se trataría de un monstruo mitológico sino de un vegetal olímpico. Cuenta la leyenda, que sólo uno, de entre los millones de arbustos que componen sus paredes, sería un moly – muy caro a los dioses- , que nunca florece  para no revelar su identidad. Habría otra forma de descubrirlo: observando las raíces negras pero, en ese caso, se correría el riesgo de matar a la planta. Además, esa labor sería abrumadora para cualquier persona, ya que ningún mortal pudo jamás arrancar un moly.  También se dice que en épocas remotas, había en la meta de ese laberinto una fuente de acqua vita, que otorgaba la inmortalidad a quien la bebiera. Mas nadie pudo explicar el motivo de su desaparición. 


            Recorrí las tortuosas callejuelas del parque real que me llevaban directamente al laberinto. Exuberantes arriates de hierbas y flores me alegraron los sentidos.  Iba solo y llevaba un plano dibujado por mí. Había diseñado infinidad de laberintos en el decurso de mi vida, lo único que me faltaba en este caso era definir, cosa que haría al ingresar, si era un laberinto de giro a la izquierda o a la derecha, pues imperdonablemente lo había olvidado. De todas maneras, eso era irrelevante ya que, como todo laberinto es un espejo, con mirar el papel a contra luz sería suficiente.
            Ingresé al laberinto aproximadamente a mediodía. El lugar estaba desolado. Por fortuna, el primer giro era a la izquierda, tal cual yo lo había previsto. Los setos tenían un color verde espectacular, tonalidad exclusiva de esa zona; y parecían recién podados. Pasé la mano por la superficie vegetal recta, perfecta; daba la impresión de haber sido arreglada con plomada, escuadra y compás. ¿Cuántos jardineros trabajarían allí? ¿Alguno sabría de la existencia del moly?
            Mientras rondaba por los senderos de ese recinto sagrado de forma circular, los blancos pedruscos crujían bajo la suela de mis zapatos. Algas, líquenes y musgos, tapizaban las zonas perpetuamente sombreadas ponderando su frescura.  Di una vuelta completa y, cuando tuve que girar ciento ochenta grados para dejar el sendero 3 e ingresar al 2, el panorama cambió abruptamente. Este sendero estaba iluminado en exceso. Pensé que el efecto se debía a que caminaba a contra sol, pero hasta los arbustos de violento color pardo cobrizo parecían zarzas ardiendo. El calor era sofocante. Ese paisaje, de connotaciones bíblicas, era el contrario del que había dejado tras el recodo, húmedo, umbroso, fresco, un verdadero locus amoenus griego. ¡Aquí sólo faltaría una lluvia de azufre y sal!, pensé.  Me quité el abrigo y apuré el paso.
            Allá a lo lejos vi venir un hombre con una suerte de bastón. Eso confirmaba mi alocada teoría ¿sería un patriarca con cayado?
            Ya estaba llegando a la prolongación imaginaria del palo mayor de la cruz central de ese campo de energía llamado laberinto,  cuando me crucé con el desconocido. No era un cayado lo que llevaba sino un bastón de no vidente. Era un hombre entrado en años, a quien reconocí de inmediato. Me desconcertó que caminara con tanta seguridad;  parecía  que siguiera un hilo invisible.
            -¡Don Jorge! ¡Qué sorpresa!
            Me miró asombrado y preguntó:
            -¿Quién es?
            -Bueno, usted no me conoce... Yo soy argentino también... y, aunque usted lo ignore,  su más ferviente admirador. Leí toda su vasta obra. Y cada vez que releo alguno de sus trabajos, me inspiro para escribir algo.
-¡Muchas gracias!- dijo con humildad. –¿Así que usted también relata historias?
            ¡Qué pícaro!, pensé. Siempre empleando las palabras exactas.
            -No, no. Yo sólo escribo- aclaré, humillado ante tanta sabiduría.
            -¿Qué temas le agradan?- quiso saber.
            -Los mismos que a usted, a excepción de las milongas y los orilleros. Pero creo que esas preferencias son privativas de la edad y  la época.
            -Entonces, creo que vinimos a lo mismo- insinuó.
            -Seguro que sí. ¿Usted ya llegó a la meta?
            -Sí, y ya estoy regresando.
            -Eso pensé. ¿Quiere que lo acompañe hasta la salida?
            -¡Gracias! ¡No es necesario! Sé muy bien el camino. ¡Adiós, joven!
            -Espere, don Jorge. No tengo un autógrafo suyo. Me encantaría...
            -¡Con mucho gusto!
            Le acerqué el papel de mi plano, pero no encontré la birome. Mientras él lo tomaba, le pregunté:
            -¿Por casualidad, no tiene una lapicera?
-No, no llevo ninguna- se disculpó.
            -¡Qué pena! – exclamé -¡Me pierdo un autógrafo del gran escritor Jorge Luis Borges por no tener una lapicera!
            -¡Otra vez será!- quiso conformarme.
            Nos dimos un apretón de manos y se fue. Giré sobre mis talones para observar como se alejaba y pude ver mi sombra, larga, enorme; reptaba por el camino y parecía girar acompañando las paredes circulares y extenderse aún  más allá del recodo. Debe ser una ilusión óptica, pensé. Como estos arbustos rojizos. O tal vez ocurra esto por la proximidad al polo norte. Nunca antes había prestado atención a ese detalle.
            Después del encuentro con tan excelso personaje, el laberinto perdió su encanto. ¿Qué cara pondrían mis amigos cuando les contara esta historia? ¿Me creerían? ¡Lástima no haber tenido una lapicera! Seguro que Juan Ignacio pondría en dudas mis argumentos. Porque además, el encuentro no fue  en cualquier sitio, sino dentro de un laberinto; ¡y en el norte de Europa!
            Por supuesto que nadie me creyó. Juan Ignacio me amenazó con poner  en tela de juicio mi cordura si yo seguía insistiendo en que no había sido un sueño.
            -Te lo juro. Lo encontré en el sendero número dos, en un punto equidistante entre la meta y la entrada. Seguramente en esa zona debió haber  un curso de agua subterráneo, algún centro de energía; el cruce de varios leys.  Fue la percepción consciente de la verdad/realidad... – y enumeré todas las características relevantes de esos recintos, pero me abstuve de mencionar la existencia de la planta de poderes mágicos.
            -Pero ¿te das cuenta de lo que afirmás?
            -Sí.
            -Que  te encontraste  con alguien que murió hace ya varios años.
            -Sí.
            -O sea que hablaste con un espíritu; un espectro.
            -Afirmativo.
            -¡Estás loco! ¡Deberías consultar a un psiquiatra!
            -Un laberinto es mágico. Es un lugar sagrado donde el que ingresa puede ponerse en contacto con reinos no físicos. ¿Entendés?
            -¡No! ¡Y no te molestes en darme explicaciones! ¡Ese encuentro se efectuó sólo en tu imaginación!

            ¿Hay algo más fascinante que un desafío? Hmmmm... ¡No! Había transcurrido apenas un mes y ya estaba nuevamente visitando el consabido laberinto. No llevaba plano en esta oportunidad pero no descuidé papel y lapicera. Llevaba el itinerario grabado en mi cerebro, además, no tenía interés en recorrerlo todo. Ingresé repitiendo un mantra. Rogaba fervientemente que Borges no me fallara. Recorrí el sendero tres y giré para entrar en el número dos. El tifónico paisaje bíblico ardía nuevamente ante mis ojos.
Llegué al punto del cuestionado encuentro pero nada ocurrió.  Me senté en un banco de plaza (que no recordaba haber visto en mi visita anterior) a esperar que ocurriera nuevamente el milagro.  Transpiraba a mares. Me entretuve en  jugar con las pedrecillas del sendero,  tratando de formar las letras madres del alfabeto sagrado que había aprendido en mi viaje a Tierra Santa el mes anterior. Resultó ser una tarea muy difícil; el aleph requería de extrema habilidad, que no tenía por cierto. Intenté dar cuerpo a otros signos, al phy -tan afin a la geometría divina del laberinto-, y a la lamnicata, ese signo infinito, tan afin a Borges. Mientras acumulaba pedruzcos, oí zumbidos de abejas.  Seguí el itinerario de algunos ejemplares que me llevaron al panal. Me acerqué y examiné la estructura de las celdillas, hexagonales, perfectas. La forma celestial, que tanto agradaba al personaje que yo estaba esperando. ¡Qué coincidencia!, pensé. Pero, tal vez no la hubiera, y era mi idea fija la que me hacía relacionar cuerpos y formas. ¿O el pensamiento de don Jorge fue también infinito, abarcando todo el universo y cada objeto, cada ser vivo era un microcosmos de ese macrocosmos que tanto lo preocupaba?    
            Algunos suplicantes pasaban recorriendo el laberinto en ambos sentidos. Vi salir  juntos a dos hombres y una mujer; los varones parecían hermanos. Vi también a una pareja de jóvenes; él era marinero escandinavo y  sospecho que intentaba robarle un beso. Sin embargo, ella parecía tener otros intereses, muy alejados del amor y más cercanos al comercio. También vi a un vendedor de Biblias. Me ofreció una al pasar. Le expliqué que poseía varias, aunque de bolsillo, entonces me ofreció un ejemplar antiguo, una Biblia de Wiclif escrita en letra gótica,  y que llevaba a buen recaudo en un portafolio gris. Su valor monetario no era equiparable a su valor histórico. Pero yo no contaba con el dinero suficiente para adquirirla  ni con nada equivalente para proponerle un trueque. Lamenté dejarlo ir sin comprarle nada y confieso que más aún lamenté no recordar dónde había visto un ejemplar igual. ¿Quién tenía las Sagradas Escrituras en letra gótica negra...?
 Al rato, otro hombre pasó corriendo. Tenía aspecto de malevo y una larga cicatriz que le cruzaba la cara. Otros, con un cuchillo, venían persiguiéndolo. ¡En todo el mundo se cuecen habas!, pensé. Un punguista en un laberinto... ¡qué original!
Más tarde, un señor ataviado con extravagancia (a la usanza de los procónsules babilonios, creo)  compartió por un momento el otro extremo de mi banco. Exhibía su mano derecha sin índice como si fuera un trofeo. Además de excéntrica, esa presencia me resultó familiar. ¿Dónde lo podría haber visto? En vano hurgué en los senderos de mi memoria. De todas maneras, ese desfile de personajes extraños no dejó de sorprenderme.

            Cuando ya estaba oscureciendo  tomé la decisión de irme al hotel a dormir. Borges me había fallado. Al otro día volvería al laberinto, y tal vez...
            Con menos luminosidad, podía apreciar mejor los setos. Parecían calcinados unos y a punto de tomar ignición otros. No había la menor señal de vida en esos arbustos. El nombre de laberinto de “setos vivos” parecía una broma de mal gusto.   
            A lo lejos vi brillar algo en el suelo. Cerca del recodo del fin de ese sendero desolado. Me acerqué. Era un disco de níquel.  Parecía una moneda. Me incliné para tomarla. Su valor era de 20 centavos y estaba cortajeada por una navaja. Su origen era totalmente desconocido para mí. La guardé. Sé que hice mal, pero quería examinarla en detalle. Tal vez, al otro día la devolviera al personal  encargado del cuidado del laberinto.
            Pasé por una librería y compré una lupa. Lo primero que hice fue examinarla. No se parecía a ninguna. Tenía dos letras atravezadas por dos heridas de arma blanca.  Pero casi desfallezco cuando leí  la inscripción del anverso: ¡zahir, 1929!
              No sé si fue él quien me la dejó. No sé si se le perdió.  No sé si aquel día en que lo encontré había vuelto a buscarla. Yo no sabía qué hacer con ella. Fui a devolverla a los encargados del laberinto; no quisieron aceptarla pues nadie la había reclamado  y tampoco era una moneda de uso corriente.  Quise donarla al museo local pero no la quisieron. ¡Yo tampoco la quería! ¡Bien recordaba aquel cuento!
           
           Volví a casa en barco. En el medio del océano la arrojé por la borda.  Pienso que ya no dañará a nadie, a menos que se seque el mar

                                                                                   MUNDO POETICO
                                                                                         TOMO IV
                                                                            EDITORIAL  NUEVO SER


"EL LABERINTO DEL CARACOL" OSCAR SIR AVENDAÑO

"UN LABERINTO" LUIS CARO Y OTROS
                                                     


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